Masculinidad y paternidad

Un marco teórico e histórico


Considero que los malos tratos a los niños constituyen uno de los legados más arraigados del patriarcado como orden social y matriz cultural. Es una manifestación concreta y a la vez dramática de lo que ocurre cuando los valores básicos de la figura paterna tradicional impuesta por la sociedad patriarcal se convierten en valores pedagógicos de toda una cultura. Estos valores son “ley”, “autoridad” y “distancia” (aún estando presente físicamente). Los malos tratos a los niños son producto histórico de la confluencia de varios aspectos del concepto de paternidad gestado por una visión patriarcal y sexista de las relaciones personales y sociales. Estos aspectos son:
- La paternidad patriarcal ha llegado a definirse como una prolongación de los
valores derivados de la identidad de género (el rol socializado en función del
sexo) de los hombres y del lugar ocupado por ellos en la división social del
trabajo. De esta manera la función paternal derivada de la identidad sexual
biológica (la posibilidad de hacerse padre) se ha disociado de la identidad de
género, mientras en el caso de las mujeres la feminidad se delimita
indistintamente según su capacidad reproductiva y su papel social.
- Como parte del establecimiento del orden patriarcal, la función paternal se ha subordinado a la identificación y a la asociación con el poder (entendido como poder sobre los demás en relaciones de subordinación). Esto, unido a la violencia como factor constituyente de la masculinidad, ha creado las bases para que las relaciones paterno-filiales se planteasen en términos dicotómicos
(poder/subordinación, limites/encogimiento, castigo/obediencia), en lugar de
términos complementarios (fragilidad/protección, dependencia/cuidado,
crecimiento/apoyo).
- En la división social de labores patriarcal la crianza de los descendientes (y de las demás personas dependientes) se asignó como tarea femenina. En la escala de valores sexista lo “femenino” se ha convertido en sinónimo de “despreciable”, “inferior” e “indigno” (siempre según los hombres). Consecuentemente, el cuidado de las personas y de las cosas se ha identificado como discordante e incompatible con lo varonil.
- En el orden económico y social patriarcal el enfoque patriarcal y sexista se erige en el modo de funcionar y de pensar dominante de la sociedad y de la cultura.

Esto se traduce entre otras cosas en que se da por sentado que las posiciones
masculinas son representaciones neutrales de unos valores y de unas prácticas
humanos universales. Al mismo tiempo queda invisible que no son sino
posiciones masculinas, impuestas a la fuerza como el marco de la convivencia
social. La figura de la madre, en apariencia adulada, en realidad es venida a
menos en el patriarcado. El papel de la madre es criar hijos para el padre. Ella es indefinible por si misma pues son los hombres los que deciden como ha de ser y cómo ha de actuar. De esa manera el modelo de paternidad más arriba esbozado impone su sello distintivo en la visión de qué son los niños y cuál es el papel delos progenitores (de ambos sexos) y de todas las personas adultas respecto a ellos.Convertido en doctrina pedagógica dominante, apoyada por la tradición y reforzada por potentes instituciones con capacidad de formar valores culturales (iglesia, escuela, medicina, psicología etc) ese modelo de entender la crianza de los hijos pierde su signo de género y es practicado también por las madres. Incluso parece que más por ellas que ellos, ya que ellas no sólo tienen a su cargo todo el proceso vital de engendrar, gestar y parir, sino de forma muy generalizada también el de asistir a la infancia hasta un momento dado de su desarrollo. Así se transmite de generación en generación una cultura basada en la brutalización de la
infancia.

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